Iván Illich no era un pensador desencarnado que hubiera podido
escribir su obra en cualquier lugar del mundo. Si hubiera vivido en otra
parte, su obra hubiera sido diferente. Sus pensamientos, en forma no
siempre muy evidente, estaban nutridos por los “jugos del terruño”. Tres
de sus temas fundamentales, la convivialidad, la amistad y la
hospitalidad entraban en resonancia con la tierra generosa, hospitalaria
y alegre que lo había acogido.
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